dijous, 21 de novembre de 2013














III

Lin Zin era chino y vivía en Singapur con su mujer y sus hijos. Había nacido en 1900 y se había casado a una edad avanzada, por eso sus hijos todavía eran pequeños y él ya era bastante mayor.
Lin Zin trabajaba como mayordomo de la autoridad más importante de la isla: el gobernador británico representante de su majestad y del imperio.
A Lin Zin le gustaba mucho su trabajo, y su vida transcurría plácidamente entre las paredes de aquel palacio y las de su propia casa mucho más modesta.
Pero en 1942, la vida de Lin Zin cambió radicalmente.
En la sala del palacio del gobernador de Singapur se oyó un «ring» de teléfono. En aquel instante, sólo el gobernador y Lin Zin estaban allí.
El gobernador, sir George Mc Pherson, era un hombre muy mayor. La reina de Inglaterra lo mantenía en ese cargo a pesar de su edad porque confiaba completamente en él. El gobernador había dado pruebas de merecer su confianza, así que la reina prefería contar con él en vez sustituirlo por otro más joven a quien no conociera tanto.
A sir George Mc Pherson le gustaba ese despacho imperial tan señorial y espacioso, con cuatro columnas de mármol que enmarcaban su mesa. También las placas que recubrían las paredes de la estancia eran del mismo mármol y le proporcionaban cierto alivio durante la estación calurosa. Una fuente de agua fresca coronaba el salón y explicaba que la temperatura fuera agradable en la sala incluso en las horas más calurosas. Durante aquellos ciento veinte años, el mármol se había conservado tan pulido como el primer día. Los habitantes de Singapur contaban que el mármol gozaba de algún tipo de magia que lo mantenía siempre tan nuevo y tan fresco; para ellos, el salón no tenía un carácter mundano sino mágico.
Se oyó un segundo «ring» del teléfono. Lin Zin y sir Georges Mc Pherson volvieron a cruzar sus miradas. Había una cierta tensión contenida en la expresión preocupada del rostro del gobernador. Descolgó el teléfono. Mantuvo una conversación breve en un inglés con acento escocés.
Sir George Mac Pherson terminaba la conversación telefónica con celeridad.
Una bocanada de aire húmedo que venía de cerca del mar entró a través del balcón abierto que había en el fondo de la sala y lo invadió todo. Ningún pájaro atravesaba el aire denso por delante del balcón.
Sir George estaba pálido. Colgó el teléfono y se esperó unos segundos antes de dejar que se cortara la comunicación.
El gobernador anunció:
 —Lin Zin, tal y como me temía, creo que los días del imperio de su majestad en Singapur se han acabado. Provisionalmente, claro... —precisó sir George Mc Pherson con una prudencia muy británica.
El gobernador era consciente de que aquel hombre le había servido como asistente personal con una educada corrección, sin mover ni un pelo de la ceja. Lin Zin siempre ostentaba el discreto papel de hacer camas, servir copas después de cenar durante los días rutinarios de un diplomático, etc. A Lin Zin, le gustaba contemplar a su señor agitando el brandy dentro de la gran copa con asas en forma de dragón; él se lo traía en una bandejita de caoba, asida por sus manos pequeñas ataviadas con guantes blancos.
Y es que a Lin Zin le daban igual los asuntos importantes de su señor. Por aquel motivo era tan discreto: no le importaban. Le gustaba ese trabajo por todo el cúmulo de refinamientos que rodeaban la vida del gobernador. Porque Lin Zin, bajo aquella apariencia de sencillez, era un ser completamente sensible de pies a cabeza. Sencillamente disfrutaba estando allí mirando cómo, después de cenar, sir George Mc Pherson encendía el cigarro y hacía volutas de humo hablando de cualquiera de sus destinos anteriores: Sudáfrica, Hong Kong, India, etc. Lin Zin se deleitaba tímidamente oyendo hablar al gobernador y eso satisfacía la pequeña vanidad doméstica de su señor.
Lin estaba pensando en todas aquellas cosas cuando el gobernador interrumpió el hilo de sus pensamientos después de colgar el teléfono:
 —Lin Zin, los japoneses están a punto de llegar, debemos abandonar la isla y evacuarla. Bombardearán la ciudad hoy. ¿Quiere volver conmigo a Gran Bretaña y ahorrarse todo lo que vendrá?
A sir George Mc Pherson le costó reconocer una expresión en ningún sentido de su sirviente. Había topado con aquella expresión facial china que podía llegar a ser terriblemente inexpresiva a los ojos de un occidental. Hasta ese día nunca había hablado a su sirviente personal con una punta de tensión en la voz. Pero aquella noche sir George Mc Pherson no había podido evitar que esa tensión se le escapara por los labios. La tensión se le dibujaba en las pupilas interrogantes que poseían más volumen y más brillo que de costumbre, porque era completamente consciente de que la situación se le escapaba de las manos y no podía hacer nada. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente.
Y Lin Zin seguía sin decir nada de nada...
Entonces fue cuando sir George Mc Pherson captó que su sirviente se había percatado de la angustia que recorría a su señor de pies a cabeza.
 —Gracias, gobernador, pero me quedaré aquí.
 —Lin, cuando yo esté fuera no podré garantizar su seguridad...
Lin se dio cuenta de que el gobernador le había llamado por el nombre por primera vez en todos aquellos años. Percibió que aquello representaba una prueba de estimación y de confianza.
 —Ya lo sé, si ...
 —Vaya a su casa, pronto empezarán a caer las bombas y la familia requerirá su presencia.
Hubo un apretón de manos. El primero de aquellos largos veinte años. Y unos sentimientos comunes de afecto no impedidos por la distancia rígida que se imponía entre el diplomático imperial y el hijo de un coleta cortada...
Y sir George Mc Pherson desapareció, para siempre. Todo fue tan rápido que parecía que se hubiera desvanecido en el aire.





IV

Cuando Lin Zin salió de las lujosas estancias del gobernador al patio del palacio que daba al exterior del edificio, ya no quedaba nadie en la calle... Casi no se lo podía creer después de tantos años. Él estaba acostumbrado al bullicio sin freno de aquel gran puerto comercial; su mirada se perdía meciéndose al ritmo del vuelo de una bandada de patos llenos de vida que pasaba por encima de grúas y barcos. Así que aquel silencio lo estremeció.
Lin Zin no sabía qué era un bombardeo, ni una invasión armada, jamás había vivido una. Sabía sólo que los ingleses mandaban, que no se mezclaban con los demás y que indios y chinos estaban allí para servir y obedecer a cambio de poder cortarse una coleta que era símbolo de la dominación que los emperadores mongoles ejercían sobre China. Lo había visto siempre así y eso no le llamaba nada la atención ni se sentía tentado por cambiarlo, porque ya le iba bien su oficio y, en definitiva, aquella sumisión también le había permitido disfrutar de un largo periodo de paz sin sobresaltos que valoraba mucho. Su padre se había podido cortar la coleta de la servidumbre después de servir a los ingleses toda una vida a cambio de casi nada.
El resto del personal ya había sido alertado de la invasión japonesa y no había querido esperar el aviso gubernamental.
Caminó hacia el puerto.
Cerca del mar, en cambio, la calle hervía como un hormiguero. Había familias chinas que llevaban en carros todo lo que podían: ocas, gallinas, cerdos, incluso carpas. Coches ingleses y de las legaciones occidentales se dirigían deprisa hacia el puerto, pitando con unas bocinas que aún funcionaban manualmente y una sordina. Los tamiles de Ceilán corrían detrás de sus señores. Los sijs de la India no perdían la elegancia en el andar ni en aquella situación y, a Lin Zin, le llamó la atención que ni en esos momentos se les caía el turbante prominente, ni abandonaban su porte elegante.
Un alboroto de gansos, patos y gallinas, hasta algún cerdito despavorido, clamaba a los cuatro vientos en aquella fuga de carros chinos que chirriaban con los ejes desengrasados. Lin Zin sonrió por un momento cuando ya en la calle todo parecía una pincelada puntillista de sombreros cónicos de paja trenzada, y un montón de pies corrían como si quisieran coser la calle.
Pero Lin Zin, amigo de la contemplación, cayó de espaldas al suelo por la detonación de las primeras bombas y pagaría muy caro ese ensimismamiento al que había cedido por su temperamento contemplativo.
Después de levantarse y ver el agujero que se había abierto en el suelo por una bomba que había caído cerca de él, se despertó de su mundo imaginario y corrió hacia su casa.
Sí, dejaría la isla. Al menos eso pensó.
Qué remedio...
Aquel agujero le había desempañado las ideas.



V


Lin Zin tuvo que cruzar varias calles para retomar el camino de casa. Por aquel entonces Singapur todavía no se había convertido en una ciudad de rascacielos y jardines, como en la actualidad, sino que estaba formada por un sinfín de callejuelas de casas bajas, muchas de ellos callejones sin salida, donde los chinos vivían su vida de artesanía y comercio en la calle, al aire libre; algunos ni se habían podido procurar un toldo para mantener a cubierto del sol los alimentos que mostraban en el tenderete. Aquel día los plátanos, los cocos, las piñas, las legumbres, los frutos secos, los pescados y hasta el tabaco iban de un lado a otro y las bombas y sus impactos esparcían por el suelo aquellos productos en medio del pánico general.
Y Lin Zin llegó a casa sin temer lo peor, cuando era lo peor lo que precisamente estaba pasando. Una buena parte de las casas de la manzana se habían derrumbado. Los aviones japoneses habían bombardeado el barrio.
Casi no se lo podía creer. Ni pensó que, al doblar la esquina de su casa, el panorama podía ser peor. No había visto nunca un bombardeo, aquél era el primero de su vida...
En los primeros momentos no había podido comprender lo que pasaba.
Hasta que delante de lo que había sido la puerta de casa vio únicamente una mano en el suelo y un montón de escombros detrás.
La mano de su mujer aparecía separada del resto del cuerpo, seguramente por el efecto de la bomba que había caído en casa. Era lo único que le quedaba de la esposa que tanto había amado. Había sido lanzada delante de la puerta de la calle como un papel desperdiciado sobre la acera. Y su esposa, sus hijos, y la casa ya no estaban.
Habría reconocido aquella mano incluso a mil kilómetros de distancia. No tenía ninguna duda. Llevaba un anillo de plata con una perla lunar que él le había regalado. Era todo lo que quedaba de su familia. Los escombros de la casa, que se había derrumbado completamente, ardían como paja seca.
Y se quedó allí, de pie, entre las columnas de humo que el viento inclinaba y lo atravesaban, mientras algunas bombas más caían tras él y le lanzaban el apoyabrazos de una silla en la espalda sin que él se diera cuenta.
Diez minutos antes no pensaba marcharse de la isla.
Al ver las primeras bombas había cambiado de opinión y había ido a buscar a la familia.
Al llegar a casa no quedaba ni casa, ni familia, ni nada...
En aquellos momentos nada podía importarle en absoluto.
Entonces oyó una voz que pedía auxilio, más muerta que viva.
—Lin...






VI


Fue incapaz de moverse. Lin Zin intentaba pensar, pero la impresión de lo que acababa de contemplar se lo impedía porque en diez minutos habían desaparecido demasiadas personas queridas de su vida. En diez minutos se habían esfumado todos los motivos que tenía para vivir.
En la esfera privada, Lin Zin mantenía dos grandes amores: su mujer con sus dos hijos (la familia) y los pájaros. Aquella voz que acababa de oír tenía que ver con uno de esos dos amores.